Todos merecemos tener una mejor calidad de vida.

Si vivimos con distress, angustia o tenemos una baja autoestima nuestra calidad de vida va a ser muy pobre.

Lo mismo puede decirse si tenemos conductas que nos traen consecuencias negativas.

La herencia genética nos ha dotado de un bagaje emocional que determina nuestro temperamento. Las lecciones emocionales que aprendimos en casa y en la escuela durante la niñez modelan estos circuitos emocionales tornándonos más aptos —o más ineptos— en el manejo de los principios que rigen nuestra conducta. En este sentido, la infancia y la adolescencia constituyen una auténtica oportunidad para asimilar los hábitos emocionales fundamentales que gobernarán el resto de nuestras vidas.

Si bien las emociones como instrumento evolutivo han tenido un importantísimo papel, hoy en día, y teniendo en cuenta la rapidez con que ocurren los cambios (sean estos de orden económico, laboral, tecnológico o de cualquier otra índole), las emociones que sentimos no corresponden a la realidad que vivimos.

Muchas veces sentimos emociones negativas sin una aparente fuente que las produzca, es decir no encontramos una explicación para justificar las emociones que sentimos.

Todas las emociones desencadenan impulsos que nos llevan a actuar, programas de reacción automática con los que nos ha dotado la evolución. La misma raíz etimológica de la palabra emoción proviene del verbo latino movere (que significa « moverse ») más el prefijo «e-», significando algo así como « movimiento hacia » y sugiriendo, de ese modo, que en toda emoción hay implícita una tendencia a la acción.

El adecuado manejo de las emociones puede quitarnos un gran peso de encima y ayudarnos a tener una mejor calidad de vida en todo ámbito sea este familiar, laboral, social y en nuestras relaciones de pareja.


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